Trabajar en territorio enemigo
GQI Media | Trabajar en territorio enemigo –
Hay una reunión en el calendario que todavía no llegó. Pero tu cuerpo ya lleva horas ahí.
Eso es lo que hace estar en alerta constante. No espera a que la situación difícil ocurra. Llega antes. Y en entornos donde las interacciones se generan con tensión — la conversación, la junta donde algo puede salir mal, la revisión donde el criterio no es claro — la anticipación ocurre en paralelo a todo lo demás que se está haciendo.
Investigaciones en psicofisiología documentan que el organismo activa respuestas significativas durante la anticipación de situaciones, antes de que ocurran. El corazón cambia su ritmo. El cortisol sube. Los recursos cognitivos se redirigen. No como reacción a lo que pasó. Como preparación para lo que podría pasar.
En un entorno predecible y seguro, eso es útil. La anticipación ayuda a prepararse. El problema es en entornos volátiles donde la amenaza percibida es constante — donde hay múltiples situaciones que el cuerpo ya clasificó como potencialmente peligrosas. Ahí, el estado de preparación nunca se apaga. Y lo que debería ser una respuesta puntual se convierte en el estado base de operatividad.
Quien llega a esa reunión ya gastó capacidad preparándose para ella mientras hacía otra cosa. Quien tiene tres interacciones difíciles en el día las anticipó durante horas antes de cada una. Ese gasto se traduce en la concentración que no estaba completa, en las decisiones que se tomaron con menos margen del que la situación pedía, en el agotamiento al final del día que no corresponde con lo que el trabajo visible debería generar.
Es un drenaje que ocurre en el intervalo. No durante la tormenta. Antes de ella.
Lo que hace esto difícil de identificar es que la anticipación se siente como preparación. Como ser responsable, precavido, consciente de lo que viene. No se siente como un problema. Se siente como estar haciendo lo correcto.
La diferencia está en la frecuencia y en el origen. Prepararse para una presentación importante es distinto a estar en estado de alerta constante porque el entorno maneja variables imprevisibles y el cuerpo decide que es mejor no bajar la guardia. La primera es puntual. La segunda es continua y agota.
Hay una señal concreta para distinguirlo: si al terminar un día sin eventos especialmente difíciles, el nivel de agotamiento no corresponde con lo que hiciste, vale preguntarse cuántas situaciones anticipaste que nunca llegaron, o llegaron y no fueron tan complicadas como el cuerpo las procesó horas antes.
Ese espacio — entre lo que ocurrió y lo que el cuerpo se preparó para que ocurriera — es el indicador. De un entorno que tiene suficientes señales de alerta como para que el sistema no encuentre el momento de apagarse.
Reconocerlo cambia lo que se hace con esa información. Puede crear aunque sea un momento de transición consciente entre lo que termina y lo que viene. El entorno no te avisa, eso lo notas si decides revisarlo.